¿Yo aburrirme como terapeuta?

El aburrimiento, cuando estamos con nuestro paciente o cliente, es un tema tabú. Tan tabú, que frecuentemente nos cuesta decírnoslo a nosotros mismos. Podemos tardar un tiempo en aceptarlo. Cuando lo vemos, tender a considerarlo como un auténtico pecado. No  es fácil pasar e entenderlo como in indicio del proceso terapéutico.

El cliente pone su vida, su felicidad, su esfuerzo, su confianza y su dinero a nuestra disposición. ¿Nosotros aburridos?: no es posible. Pero eso ocurre y es muy importante detectarlo cuanto antes. También es fundamental sacarlo del saco del pecado y la culpa, y ponerlo a funcionar como un indicador más del trabajo que estamos haciendo. ¿Qué nos está diciendo el aburrimiento acerca de como está la relación terapéutica entre cliente y terapeuta?

Lo primero que podríamos decir es que hay una distancia, se ha perdido la conexión terapéutica, imprescindible en una terapia ambiciosa para el usuario. Imprescindible en una terapia que quiera ir más allá de facilitar que el cliente se sienta escuchado y se desahogue. Posiblemente ni en los casos en los que el objetivo es facilitar el desahogo sin mas, sea eso posible si media el aburrimiento. El cliente siempre sabe en algún nivel mas o menos inconsciente, si estamos aburridos y eso es incompatible con el sentirse escuchado. La comunicación es algo sumamente sutil y en buena parte inconsciente. Haremos bien como terapeutas, si damos por hecho que lo que estamos sintiendo con nuestro cliente, está siendo captado. Y si eso es así, tenemos que ponerlo al servicio de la terapia en la forma en que el momento de ésta lo indique. Eso vale para todo tipo de fantasía por parte del terapeuta. Nuestra primera tendencia puede ser la de considerar eso como algo propio sin más, y dejarlo aparte.

En mi experiencia, cuando aparece el aburrimiento y la desconexión que implica, frecuentemente se debe a que el usuario está entrando en un discurso repetitivo y defensivo. Y nuestra tarea aquí es confrontarlo, ponerlo en evidencia de una forma digerible para éste. Eso solo es posible si se lo decimos y a la vez entendemos y empatizamos con su necesidad de defenderse y de usar esa resistencia por el miedo en ir más adelante. Es el delicado tema de respetar las resistencias, aceptarlas de verdad desde nuestro fondo, a la vez que las ponemos sobre la mesa. hemos sido delegados por nuestro cliente para que le ayudemos a avanzar y profundizar en sus problemas. Nos jugamos parte de nuestro ego en que eso sea así y eso puede hacernos sentir frustrado y desmotivados si no se avanza. Pero también hemos sido encargados por nuestro cliente para que nada se mueva, para que todo siga igual. Respetar esa parte, cuidar su salvavidas, que a la vez que le impide nadar con soltura, le mantiene seguro y a flote, es fundamental.

Si de verdad no estamos en ese punto, corremos  el riesgo de ser agresivos en la confrontación. También, por miedo a ser agresivos, podemos optar por no confrontar esa conducta y ser cómplices de que la terapia se estanque.

Frecuentemente lo que suele presentarse son los discursos explicativos racionales que no hacen evolucionar al cliente.

Esto en cuanto al lado del cliente. Con el lado del terapeuta están las temáticas que nos tocan personalmente y nos cuesta abordar. Es conveniente que supervisemos nuestro trabajo. Un grupo de supervisión nos ayuda a ver nuestros puntos ciegos en la relación terapéutica.

La terapia es una aventura apasionante y el acompañar en ella un honor y un privilegio.

Si nos aburrimos como terapeutas, tenemos un buen indicio del que tirar para ver que está pasando en la sesión.

Si es el paciente el que se aburre, la intervención es de emergencia. Otro capítulo.

Bien pensado, si se aburre uno posiblemente se aburrirán los dos.

                                                                     Goyo Armañanzas

gar@gogestion.com

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