IDENTIDADES Y DINÁMICAS EMOCIONALES

              “Identidades asesinas” es el título es de un ensayo de Maalouf Amin, que considero imprescindible cuando veo la situación política local, y también la mundial.

               Identidades que generan violencia: la vasca, la islamista en Barcelona y París, la centralista contra las identidades regionales como la catalana en tiempos de Franco, y la posible escalada de violencia en los catalanes, llegados el momento en el que estamos.

               Una ciudad catalana, Barcelona, que ha sufrido la violencia de otra identidad: la del terrorismo islamista. En Barcelona, no la han sufrido por ser catalanes, sino por ser europeos, occidentales, no musulmanes, por ser una ciudad preciosa, donde uno toca la aldea global cuando se pasea por las Ramblas. Esa fantasía persecutoria islamista, frecuente en los nacionalismos, que no deja de serlo aunque tengan una parte de verdad.

                La política es, entre otras cosas, una forma de tapar las emociones, comenta Naor Y., un israelí experto en traumas transgeneracionales. Es una forma de tapar, y a la vez descargar, emociones colectivas, como la  rabia, la necesidad de venganza por las afrentas sufridas por nuestros abuelos, la envidia de lo que otros grupos tienen o son, la necesidades de recuperar el honor, etc. Esas emociones colectivas se mantienen manteniendo esas emociones casi inconscientes, sin hablar de ellas, simplemente plasmándolas en objetivos políticos, que por otra parte pueden ser muy legítimos. Como terapeuta de grupos, atento a las emociones que subyacen en los conflictos violentos y de identidad, veo que no se suelen abordar en los medios de comunicación. Siempre hay cierto tabú a abordar emociones en todos los contextos, y no lo es menos acercarnos a las que hay debajo del ataque terrorista de Barcelona o de la escalada de violencia de Cataluña, o del terrorismo de ETA o del de los GAL y la ultraderecha española. Eso forma parte de los silencios que no nos ayudan a procesar más sanamente los conflictos.

               Sigamos con el aspecto de la identidad. Tenemos muchas pero solemos priorizar una, en base a circunstancias psicosociales. Ante los marcianos todopoderosos, cerraríamos filas con la identidad de terrícolas y nos olvidaríamos de nuestras singularidades. Una identidad se singulariza y se prioriza cuando se siente amenazada. Los islamistas que han matado en Barcelona son el emergente de una identidad musulmana que se siente amenazada y secretamente despreciada por nosotros, los occidentales desarrollados que los despreciamos secretamente, estereotipándolos como retrógrados, como “moros”. Todos tenemos muchos deberes para hacer en casa.

               Con el tema catalán tenemos un montón de emociones colectivas. Es la región más desarrollada, más cosmopolita de España, geográficamente en la frontera con el resto de Europa. La otra región que le sigue es la Comunidad Autónoma Vasca. Otra de las ricas. Es tabú decir que todos los consideramos como superiores y que tal vez nos sentimos abandonados y no queridos si se nos van. Los envidiamos y también los admiramos.

         Ninguna autonomía menos rica ha demandado independencia o autodeterminación. Hace poco tiempo la presidenta de la comunidad andaluza comentaba en este registro que ellos “no van a ser menos”. Ya ha hablado de sentimientos colectivos. Me parece estupendo que lo haga y que empecemos ha hablar de ellos.

               Los conflictos de identidad, cuando se enconan, nos obligan a elegir entre una identidad u otra. Eso es una forma sutil de violencia. Si no lo hacemos, nos arriesgamos al rechazo y la marginación.  Puedo considerar que mi identidad es ser navarro, vasco y español en proporciones diversas y cambiantes a lo largo de mi vida. Además europeo, identidad masculina, identidad profesional de terapeuta, etc. Cuando expreso esto, la pregunta que me puede esperar es: “pero, ¿en el fondo, fondo?”.  Me piden que encuentre esa identidad única y auténtica, que me han debido de sorber el coco si no la sé, que no es posible estar con Euskadi y con España, que…. Que ellos no soportan saber si están con el amigo o el enemigo, que eso es muy incómodo… porque “los otros son el demonio y nosotros no”. Que es solo en las guerras donde hay solo dos bandos porque “la sangre la derramas o la bebes” (expresión nicaragüense sobre su guerra  de los ochenta).

               Cuando una de nuestras identidades se ve amenazada, crece, y oculta a las otras. Particularmente en el caso de la fe religiosa. Lo vemos en el terrorismo islamista, en la respuesta ultracatólica de los voluntarios requetés navarros del franquismo ante la república atea, etc.

               Afortunadamente, y con mucho sufrimiento y resistencia, ya estamos pudiendo incorporar identidades sexuales diferentes a la tradicional “carne o pescado”.

               A nivel global estamos en un dilema muy fuerte. Por un lado, la cultura se va haciendo más universal y compartida con una comunicación rápida y global. Por otro lado, surge la necesidad de definir nuestra identidad frente a otras. Estamos entre dos miedos universales propios de personas y grupos. Por un lado, el miedo a la pérdida de la identidad, la individualidad, disueltos en el anonimato. Por el otro el miedo a la soledad y a sentirnos desarticulados de los grupos e identidades colectivas, si no nos fusionamos. Necesitamos afirmar nuestras diferencias porque somos cada vez mas iguales.

               Paradoja: Barcelona, la ciudad más cosmopolita del Estado, la mas “aldea global”, se va hartando de turistas y es la capital del independentismo.

               Paradójicamente, necesitamos que el otro sea diferente para, constatando las diferencias, saber quienes somos. Somos lo que los otros no son.

               La segunda generación de inmigrantes suele tender a dos tipos de respuestas extremas: la hiperidentificación con la identidad del lugar de acogida de sus padres, y el rechazo y violencia contra esa misma sociedad de acogida. Creo que los golpes islamistas obedecen a esta segunda forma de respuesta. Tal vez la identidad catalana está integrada por catalanes de siempre, silenciados por el franquismo de la postguerra, y por descendientes de inmigrantes de otras regiones españolas que se hiperidentifican con lo catalán en ese esfuerzo transgeneracional por integrarse.

               Pero cuando las emociones poco concienciadas, brotan en todos nosotros, al ver el combate (“los catalanes no van a ser más que nosotros”, “los de Madrid son el fantasma de Franco, aunque se disfracen”) tenemos fácil disfrutar de la visión del golpe sangrante, arengar, apoyar discretamente, callar. Cuando las emociones brotan de tan profundo, se lee muy mal, se escucha peor y es imposible que mi talla 42 de zapato, entre en una 38. En una 44… ¡ni lo intento!

               No tenerlo claro es muy incómodo, pero es mas sano.

                Goyo Armañanzas, psiquiatra, blanco, ciudadano europeo y de la aldea global (entre otras identidades).

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