SANGRE O LECHE

Capítulo 1

relaciones toxicas ¿Sangre o leche?

 El líquido de la vida es el agua.

Pero el agua, para dar vida, se viste de colores.

Verde es el color de la savia que da vida a las plantas, que transmite todo lo que ellas más necesitan.

Rojo es el color de la sangre, que sustenta la vida en todos los animales. Bueno, al menos en los mamíferos. ¿Mamíferos? Esto me recuerda que hay otro líquido vital para los mamíferos: la leche, blanca.

La leche lleva elementos fundamentales para nosotros los humanos. La leche que nos dan nuestras madres lleva amor, seguridad, calor, aceptación incondicional, compañía, miradas y miradas. Miríadas de miradas.

La leche nos la dan nuestra madre y nuestro padre. Y nos la dan aunque no nos amamanten físicamente. Nos la dan.

Y es tan importante esa leche, ese apoyo emocional, que sin él se deteriora hasta nuestra capacidad intelectual. Está demostrado que muchos retrasos intelectuales tienen como origen la carencia de este alimento emocional.

Pero, ¿y la sangre?

La sangre es lo que toman los vampiros ante la falta de leche.

Los vampiros están tristes y muertos.

Vagan por la eternidad del tiempo sin energía. Su única forma de malvivir es encontrar a un ser realmente vivo y clavarle sus dientes: la sangre viva va pasando así del vivo al vampiro.

Pero el vampiro está robando la vida.

Y el vampirizado, al dar la vida, la pierde. Muy al contrario de quien amamanta, el que da leche, da vida y gana vida para él.

Los acosadores son vampiros que buscan nutrirse de la vida de otros robándola. Como en los adictos, el efecto de esta droga dura poco y tienen que seguir vampirizando continuamente a nuevas víctimas.

Los acosadores natos son vampiros de sangre porque no recibieron suficiente leche de pequeños.

Y cuando clavan los colmillos y aspiran la sangre, les invaden sentimientos de poder, dominio, orgullo y superioridad respecto al vampirizado.

Y envidia. Silencian la envidia que tienen al que vampirizan, lleno de vida.

Este es el vampiro auténtico. Es ese que va camuflado pero que en todos los aspectos de su vida actúa de la misma manera: secando a otros.

De esos no hay muchos, afortunadamente, porque la mayoría de la gente hemos recibido suficiente leche como para no tener que vivir vampirizando.

Pero la leche es como el néctar de los dioses: nadie tiene suficiente.

Por ello, no es extraño que cualquiera, en determinadas circunstancias, no tenga suficiente con la leche que lleva dentro y quiera dar un mordisquito aquí o allá.

“El camarero está detrás de la barra. Es un hombre alto y delgado, entrado en años. Parece ser uno de esos camareros con los que se puede tener una conversación cercana. A su espalda, las habituales estanterías con botellas. A través del cristal, sólo dos colores reflejan su contenido: blanco o rojo.

Entra un cliente.

– ¿Qué le sirvo?

– Hoy estoy para sangre, pero no, dame leche. Me voy a llorar las penas a aquel rincón.

Entra otro cliente.

– ¿Sangre o leche?

– Sangre, dame sangre. Vengo hecho unos zorros. No, espera. ¿Quién es aquella que está sentada en el rincón? No, no me sirvas.

El camarero contempla la escena.

El recién llegado se dirige hacia la mujer. Guapa, acostumbrada a sonreír siempre.

Una sonrisa tímida, superficial. Una sonrisa que se asimila a la sonrisa apaciguadora del niño cuando su padre saca la correa para pegarle. Una sonrisa triste.

Ella está sola, no importa si hay más personas sentadas en su mesa. Está sola.

Mira de reojo y sonríe.

– ¡Alguien viene hacia mí! -piensa en su rincón.

Apura su vaso de leche.

Él se acerca y saluda:

– Hola, ¿cómo te llamas?

– Dolores -contesta ella sonriendo desde su asiento.

Él, de pie, la mira con firmeza. Sonríe.

Ella cree ver en su sonrisa unos caninos un tanto puntiagudos. “¡Tonterías! Parece un tío majo”, se dice para sí.

– Yo soy X.

– ¿Cómo? No te he entendido bien.

– Soy X.

– ¡Qué nombre tan corto!

X se sienta junto a Dolores.

Ella se siente halagada. Empieza a sentirse a gusto.

X acorta distancias.

– Y ¿a qué te dedicas? -pregunta Dolores.

– Soy agente comercial.

Dolores se siente cada vez más a gusto. X vuelve a sonreír.

De nuevo Dolores cree ver esas puntas asomando entre sus labios.

– ¿No tomas nada? -pregunta ella.

– Lo estoy pensando.

X hace un movimiento brusco con el codo y el vaso de leche cae estrepitosamente salpicando a Dolores.

– No ha sido nada -comenta ella.

X se acerca y le limpia con pañuelos de papel. Dolores exhibe su particular sonrisa.

– Tienes una gota en el cuello, permíteme.

Se acerca a su cuello y, tras secarle la gota, acerca su boca.

Al fin apura su consumición. Al fin tiene su dosis.

Dolores se siente halagada y usada, vacía y llena, querida y odiada, acompañada y sola.

El camarero contempla la escena.

Se pregunta si podrán vivir cada uno el día que les ha tocado, sin que el uno vampirice y la otra permita ser vampirizada”.

 

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.